Amar y ser amado. Porque, como gay católico, me siento llamado a hacer la peregrinación jubilar LGBTQ hasta San Pedro
Testimonio de Hector Lee (San Francisco, California, Estados Unidos), participante en la Peregrinación Jubilar de “La Tenda di Gionata y otras asociaciones” con cristianos LGBT+, sus familias y los agentes pastorales que los acompañan. Traducido del inglés por los voluntarios del Proyecto Gionata
Hace unos 25 años, me declaré gay, pero me costaba integrar mi identidad gay con mi fe católica. Fue una época de profunda depresión. Por aquel entonces, un amigo me invitó a misa en St. Agnes en San Francisco. Estando allí, vi en un anuncio del boletín que invitaban a católicos LGBTQ+ a una reunión. Me intrigó y asistí con cierta inquietud, pues aún sentía vergüenza ser gay. El sacerdote que facilitaba la reunión inició la conversación preguntando a los participantes por qué estaban allí.
La mayoría mencionó que habían crecido siendo católicos, pero que ya no asistían porque no se sentían bienvenidos. Pero ahora sentían curiosidad por saber qué les decía la Iglesia. Cuando me tocó responder, me sorprendió mi respuesta: «Jesús me llamó aquí».
Después de 20 años de esfuerzo integrando mi identidad como católico y gay, siento que Jesús ha estado conmigo y me ha pedido que peregrine con otros católicos LGBTQ a San Pedro. Él me llama tal como soy.
Crecí en Estados Unidos en una familia de inmigrantes cuya fe católica era importante para ellos. Como migrantes en una nueva cultura y un nuevo idioma, su fe fue un pilar para forjar una vida y criar a sus hijos con amor a Dios, los sacramentos y las enseñanzas de la Iglesia. Teníamos claro lo que estaba bien y lo que estaba mal. Pero no se trataba solo de seguir las reglas, sino también de vivir la propia fe con autenticidad y estar al servicio de los demás. Era una fe que calaba al hondo de nuestros huesos.
Cuando tuve mis primeros indicios de ser gay, aprendí a reprimirlos. Existían sanciones contra cualquier cosa que no correspondía a las actividades estandarizadas de género. Mi fe, mi familia, mi cultura, no aprobaban la homosexualidad. Había vergüenza, acoso y violencia hacia las personas LGBTQ+ durante mi juventud. En mi familia, hablar de sexualidad era incómodo; era una facultad que mejor se mantenía bajo llave hasta el matrimonio, que era la única expresión legítima.
Durante esta época, en la década de 1980, surgió el VIH/SIDA, que me asustó y me mantuvo en el armario. Era sincero en mi fe, incluso asistí al seminario durante algunos años. Pero di maromas psicológicas para sublimar, contener y enterrar una parte importante de mí mismo; era ostensiblemente asexual.
Al crecer, pensé que podía obligarme a ser heterosexual, casarme con una mujer y formar una familia. Este contorsionismo psicológico llegó a su límite cuando, a finales de mis 30, tuve relaciones con una mujer con la que estaba comprometido y me dejó clara la verdad sobre mí: era gay. Ella me dijo: «La verdad te hará libre». Esto fue una disolución de quien creía ser.
Como mi expectativa de casarme y formar una familia se había visto truncada, de repente me vi lidiando con la integración de mi orientación sexual en mi identidad. Me resultaba inconcebible cómo podía ser gay y un buen católico. La Iglesia enseñaba que la homosexualidad era «intrínsecamente desordenada» y «contraria a la ley natural»; el camino de seguir era vivir mi vida como un homosexual célibe.
Aunque algunos optan por vivir así en forma plena y saludable, para mí, la imposición fue como una sentencia de muerte. La declaración «Dios me ama a pesar de ser gay» captaba mi estado de ánimo en ese momento; me colmaba de autodesprecio.
Tuve la suerte de que un familiar me sugirió solicitar psicoterapia. Con tiempo y paciencia, este proceso me ayudó a aceptar mi sexualidad. Me abrió las puertas a explorar las relaciones, con todas sus alegrías y desafíos. La terapia también me ayudó a desentrañar otros desafíos emocionales y psicológicos que me impedían vivir una vida plena y felíz.
Sigo en proceso de desarrollo, y veo mis defectos y desafíos como invitaciones a la humildad, la curiosidad y la autocompasión. Es importante que acepte mi ser en su totalidad, como algo bueno y bendecido por Dios; esto incluye mi orientación sexual.
Además de su propósito procreativo, considero la sexualidad como una facultad que nos orienta hacia las relaciones. Y si de algo trata el cristianismo, es que es relacional: nuestra relación con Dios, nuestra relación con los demás, nuestra relación con la creación. Mi deseo sexual me recuerda que somos hechos para amar y ser amados.
Veinte años después, sigo asistiendo a St. Agnes. Cuenta con muchos miembros LGBTQ, solteros, emparejados y casados, que son auténticos en su deseo de seguir a Jesús y vivir vidas santas. Sigo liderando un grupo de fe para compartir cómo las lecturas de las Escrituras nos hablan como feligreses LGBTQ. Sigo escuchando a Jesús: «Lleva la buena nueva a los pobres, proclama la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos y la libertad a los oprimidos».
Aunque soy pecador, soy principalmente un hijo amado de Dios, llamado a vivir libre de la vergüenza, el miedo y la oscuridad.
Al sentarme a la mesa con Jesús, reconozco que a veces se necesita valentía para estar junto a Él, ya que yo también estoy llamado a llevar la buena nueva a los pobres y liberar a los cautivos.
Testimonio original: To love and to be loved
Artículos y testimonios de la peregrinación jubilar de “La Tenda di Gionata y otras asociaciones” con cristianos LGBT+, sus familias y los agentes pastorales que los acompañan
Información oficial sobre la peregrinación jubilar de “La Tenda di Gionata y otras asociaciones”

